La Transparencia

 

(Ladri di Biciclette. Vittorio de Sica. Produzioni De Sica, 1948)

 

Esta obra clásica, filmada en blanco y negro y una infinita variedad de grises, ha sido considerada representante del cine puro tal y como lo definiera André Bazin en su seminal estudio sobre el Neorrealismo: “No more actors, no more story, no more sets, which is to say in the perfect aesthetic illusion of reality there is no more cinema”. Un cine que aspira a hacerse uno con la realidad y que practica, por lo tanto, una suerte de estilo transparente que trata de llamar lo menos posible la atención sobre sí mismo para que sean los acontecimientos y el propio espectador los que otorguen el significado final a la historia.

Esa vocación de transparencia estilística no significa ausencia de estilo, sino un dominio del mismo que resulta de una cuidada composición y puesta en escena, la elección significativa de las localizaciones y una sutil pero eficaz colaboración de los movimientos de cámara que contribuyen con la narración. Así mismo, los presupuestos sobre los que se articula: ausencia de decorados, actores no profesionales, filmación con luz natural… constituyen en sí un estilo que, como el propio Bazin reconoce, lejos de ser fruto del azar y la inmanencia que rigen la realidad, surgen de la planificación y la atención al detalle que caracterizan al arte. En última instancia, esta transparencia elaborada se manifiesta también en la trama, cuya aparente sencillez, la búsqueda de una bicicleta que ha sido robada, resulta en una obra poliédrica con una variedad tonal que aunque tiene como nota principal el drama y la crítica social, se acompaña de notas de comedia y lirismo, éste, en realidad, parte indisoluble del tramado más íntimo de esta película preñada de una gran riqueza y complejidad de personajes, situaciones y escenarios.

 

La geografía de Roma por la que transcurre esta suerte de Road Movie a pie y cuya ineludible presencia la convierte en uno de los ejes sobre los que la obra se articula, está ausente de los grandes monumentos y los centros turísticos. Ricci y su familia viven en la Roma de los extrarradios, en uno de tantos polígonos de viviendas sociales construidos en mitad de la nada, erigidos en parajes desoladores rodeados de solares baldíos que contribuyen a la sensación de indefensión e impotencia de los protagonistas; sus figuras empequeñecidas ante la monótona repetición gris de los grandes edificios y los amplios horizontes de inmensidad inabarcable. Como inabarcable se nos presenta, por momentos, el centro de Roma, donde De Sica incide en esta estrategia de la puesta en escena, localizando dos de los momentos determinantes de la película en escenarios presididos por grandes construcciones que, además de acentuar la insignificancia del protagonista, subrayan el dramatismo de la situación. Así, en el comienzo, observamos como tras el robo de la bicicleta De Sica sitúa a Ricci, angustiado y confuso, en mitad del tráfico exuberante y caótico de Roma y ante un inmenso túnel que, como agujero negro, se abre sobre su futuro. De la misma manera, la secuencia final de la película transcurre a la sombra de un gran estadio y sumerge al protagonista y su hijo en la procelosa marea humana que invade las calles tras el final de un partido.

Los mercados de objetos robados, comedores sociales, comisarías, casas de santonas y prostíbulos, constituyen, en su mayoría, el resto de espacios por los que transcurre la película y de los que sólo el último se salva, curiosamente, del aspecto decadente y ruinoso característico de la posguerra que permea todo el recorrido de padre e hijo, cuya relación constituye, por si misma, otro de los ejes fundamentales sobre los que se articula la película.

En este sentido cabe destacar la magistral sutileza con que se representa el vínculo entre padre e hijo, como se observa en la secuencia que reproduce los preparativos y la marcha al trabajo. Las escenas, sencillas y directas, constituyen una coreografía de la cotidianidad que se impregna de los sentimientos de complicidad entre padre e hijo, del amor y la admiración que se profesan. Así mismo, De Sica sólo necesita del andar de los personajes para hacernos partícipes de sus emociones y las fluctuaciones en la relación, que se ponen de manifiesto en la distancia que los separa, la velocidad de su paso, si van o no de la mano. Así, por ejemplo, en uno de los momentos de mayor desesperación de Ricci observamos como la conexión que había mostrado en el caminar con su hijo se rompe, lo deja atrás, tan absorto va en su angustia que ni siquiera percibe cuando el pequeño está a punto de ser atropellado. Mención aparte merece, en este sentido, la escena de ecos chaplinianos en que ambos aparecen sentados al borde de la acera y el momento en que el hijo tiende la mano a su padre al final de la cinta acompañada de la mirada reciproca que manifiesta el ahondamiento y estrechamiento de su relación tras las peripecias vividas.

Finalmente, cabe destacar como en el paseo largo por Roma del que De Sica nos hace partícipes, estamos constantemente expuestos a la luz y sus variaciones según los momentos del día, y su transparencia es, una vez más, significativa. De esta manera, seguimos a Ricci y a su hijo desde la mañana luminosa en que va a comenzar a trabajar hasta la noche oscura y sin estrellas en que vuelve a casa después de que le hayan robado la bicicleta. Y presenciamos como en el atardecer del segundo día, comienza a lloverles encima después de que se haya desvanecido una nueva mañana brillante y nítida, iluminada por la esperanza renovada de encontrar la bicicleta en los mercadillos de objetos robados. El día se oscurece repentinamente y los cielos sólo vuelven a abrirse para dar paso a una soleada tarde de domingo  después de que Ricci identifique al ladrón y comience su persecución. La película se cierra, como no podía ser de otra manera, con un nuevo anochecer que se hace eco de la incertidumbre que habita el futuro de los protagonistas.

En cualquier caso, ninguno de ellos parece ser el mismo que al comienzo de la historia, cuya elaborada transparencia destila maestría en todas y cada una de sus escenas.

 

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