Maboroshi

(Waking Life. Richard Linklater. Fox Searchlight Pictures, 2001 )

 

        La palabra japonesa es maboroshi, que significa visión o estado similar al sueño. En la India, nombran a los maestros de la magia como creadores de visiones. En el mundo, todo es como una función de marionetas. Por tanto, utilizamos maboroshi.

(Tsunetomo Yamammoto, Hagakure).

 

Tsunetomo Yamamoto, un samurai convertido en monje que vivió durante el reinado del Shogunato ( 1659-1719), reflexionaba al final de sus días sobre la débil trama que sostiene la realidad, sobre la sensación que a todos nos invade más de una vez en la vida de ser actores de una obra cuyo autor desconocemos, personajes de un sueño soñado por otro, espectadores de una historia que redactamos o de la que somos argumento. La historia de la que voy a hablar, Waking Life (Twentieth Century Fox, 2001), fue escrita y dirigida por el director norteamericano Richard Linklater a comienzos de este nuevo siglo y la percepción onírica, ficcional de la realidad que Tsunetomo intuía en el Japón feudal de comienzos del siglo XVIII, articula esta obra cinematográfica que realiza sus mayores hallazgos en los territorios fronterizos de la creación, en el terreno híbrido dónde los límites formales y genéricos se desdibujan.

 

La película presenta una sucesión de conversaciones con figuras más o menos conocidas pertenecientes a los más diversos ámbitos: Cinematografía (Ethan Hawke o Caveh Zahedi), Filosofía ( Robert C. Solomon, Louis Mackey.), Literatura (Timothy “Speed” Levitch, Aklilu Gebrewold), Ciencias (Eamonn Healy, David Sosa)… Originando, por lo tanto, discursos que reflexionan sobre los más variados temas: existencialismo, determinismo, lenguaje, resistencia civil… que proporcionan a la obra cierto carácter cercano al documental. Esta pluralidad temática es cohesionada a partir de la figura del protagonista, presente activa o pasivamente en todas las conversaciones, quién además dota a la película de su trama dramática: un joven sufre un atropello y a partir ese momento comienza a cuestionarse, primero, la existencia de todo lo que lo rodea y posteriormente, influido por las conversaciones que mantiene ,su propia existencia . Todo ello en un magistral y angustioso crescendo que vamos percibiendo a medida que la película avanza.

 

La realidad problemática que el director plantea en su película recibe eco en la forma misma de la obra, en su ejecución. Fue filmada con una técnica similar a la del rotoscopio, consistente en filmar a los actores y luego dibujar encima, fotograma a fotograma, obteniendo movimientos muy realistas con un estilo visual similar al de la animación coloreada manualmente. Más de treinta artistas diferentes se encargaron de la animación, siendo libre cada uno de ellos para desarrollar el estilo que prefirieran, lo que origina una variedad de texturas y tonalidades que otorgan a la película un carácter proteico, cambiante siempre, una belleza poliédrica con algo de irreal e inconsistente donde los personajes flotan en ocasiones al margen de la gravedad, se transmutan en aquello de lo que están hablando (un átomo, un telescopio…), o crean con sus dedos, mientras gesticulan, figuras para ilustrar sus comentarios.

 

Con estos presupuestos genéricos y formales Linklater elabora una película hipnótica y vibrante , a lo que contribuye también, en gran medida, su banda sonora. Glover Gill y su Tosca Tango Orchestra ejecutan piezas que beben directamente de la música de Piazzolla incidiendo directamente en la cohesión estructural de la película, sirviendo en numerosas ocasiones como elemento de transición que nos lleva de una secuencia a otra. Función fundamental en una película como esta que parece tan levemente trabada, y subrayo lo de que sólo lo parece, pues en realidad no es levedad sino sutileza lo que engarza elegantemente cada una de sus secuencias. De hecho, la película arranca con fuerza a partir de un ensayo de Glover Gill y su orquesta y son ellos, también, quienes anuncian la secuencia final. Por otro lado, la música contribuye de manera decisiva y poderosa en la comunicación de los estados emocionales del personaje y la atmosfera de la historia, como se advierte en los tonos siniestros y angustiados que va adquiriendo a partir de la segunda mitad de la película, así como en su afinación slightly out of tune, como comenta el propio Gill, cuyas ligeras disonancias armonizan con la naturaleza inestable de las animaciones.

Waking Life nos mantiene, como sus dibujos, en un continuo y sutil temblor emocionado, vibrando hasta el final en la indeterminación, en una geografía que no sabemos si pertenece a la vida, el sueño o la muerte.

 

Todos coincidimos en afirmar la sensación de autenticidad, de veracidad que acompaña a los sueños, pero inmediatamente añadimos que esta sensación sólo se mantiene mientras los sueños duran.

¿ Y la vida? ¿Es acaso diferente?

 

 

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