El Acto de Contar

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(The Act of Killing. J. Oppenheimer & C. Cynn. Final Cut for Real, 2012)

 

    El hecho narrativo no es exclusivo de la literatura o el cine, basta con tratar de recordar cualquier acontecimiento personal o histórico para darse cuenta de que la vida se sostiene sobre el relato que de ella nos contamos. En este sentido, el género documental se ha mostrado siempre como un terreno propicio para el análisis y la revisión del relato y del acto mismo de contar. Es el caso de The Act of Killing, donde Joshua Oppenheimer crea el espacio para que un grupo de gangsters, protagonistas del genocidio étnico y político acontecido en Indonesia en 1965, realice su propia recreación de los hechos. El proceso arroja como resultado una obra estremecedora e inquietante que es, a ratos, sencillamente aterradora y no apta para todo tipo de estómagos.

 

    Openheimer pasó en Indonesia del 2000 al 2005 junto a Christina Cynn, co-directora de The Act of Killing, trabajando en un documental sobre los sindicatos en las plantaciones de aceite de Palma. Por aquel entonces, y después de los años de convivencia estrecha con los trabajadores, ambos directores comenzaron a trabajar en un proyecto que daba voz a una familia de supervivientes del genocidio en su intento de confrontar con dignidad al asesino de su hijo que, cuarenta años después, seguía siendo su vecino.

    Frente a los sucesivos obstáculos que encontraron por parte de las autoridades a la hora de entrevistar a las víctimas y sus familiares, así como la reticencia de estos a hablar por el temor a represalias, los ejecutores de las matanzas alardeaban de manera estentórea de sus crímenes como si constituyeran grandes hazañas, y la grabación de su relato era facilitado por las fuerzas locales, otorgándoles escolta policial hasta los lugares de los asesinatos o asignando militares para evitar que los observadores interfirieran en la grabación del sonido. Oppenheimer recuerda, por ejemplo, el caso de uno de los líderes de los escuadrones de la muerte, quién tras llevarlos hasta el escenario de una de aquellas matanzas al borde de un río, les contó detalladamente el asesinato de más de 10.000 personas durante un periodo de tres meses. Al acabar su relato, el protagonista pidió al técnico de sonido que le sacara una foto junto al director, sonriendo y con los pulgares en alto, frente a aquel río que durante tres meses de 1965 había cambiado su fluir transparente por el rojo intenso de la sangre.

    El acto de contar está presente, por tanto, en el origen mismo de The Act of Killing, pues surge según el propio director, ante el estupor que le provoca la impunidad y complacencia en el relato de los asesinos y la connivencia explicita del estado. De esta manera, Oppenheimer concibe la película como un método de investigación para indagar en la perversión discursiva y de la imaginación que convierte, las matanzas en hazañas y los asesinos en héroes. Al conceder a los criminales la posibilidad de realizar su propia película sobre los hechos, contando lo que quieran y como quieran, Oppenheimer nos brinda la oportunidad de entrar en la mente de los asesinos para observar los mecanismos que hay detrás de esa impunidad y complacencia, mostrando, así mismo, el imaginario que subyace en los procesos de persecución y lo que significa vivir en un régimen cuyo poder se asienta en el genocidio y su rememoración continua.

    El director se entrevistó con más de 40 miembros de los escuadrones de la muerte antes de conocer a Anwar Congo, uno de sus dirigentes más destacados y populares. Será este anciano de aspecto juvenil e indudable carisma, el encargado de llevarnos de la mano por la pesadilla de las torturas y los asesinatos en masa y es, sin duda, uno de los mayores atractivos de la película. Su personaje encarna la complejidad del ser humano, donde conviven la capacidad para el horror y la belleza, el odio y el amor. En un momento de la película, A. Congo relata con desenvoltura y despreocupación el sistema de estrangulamiento que ideo, ayudado de alambre y una tabla, para acabar con el terrible olor y la penosa tarea de limpiar la sangre de los asesinados a golpes. En el siguiente lo observamos ejerciendo de cariñoso abuelo, aleccionando a sus nietos, frente a unas crías de pato, sobre el respeto y el cariño a los animales.

    Esta complejidad se muestra, así mismo, en la evolución de la actitud de Anwar frente a las atrocidades cometidas. Al convertirse en director de su propia película, el recuerdo y el relato de los hechos lo sitúa frente a las medias verdades, fantasías y verdades de segunda mano que todos nos contamos para sostener nuestra vida, lo que produce, inevitablemente, una crisis personal. Por otro lado, la dirección de las dramatizaciones implica un alejamiento que lo sitúan en el ámbito del espectador, susceptible, por tanto, de caer bajo la influencia de la catarsis aristotélica y como el rey usurpador en Hamlet, tomar conciencia de los crímenes ante la recreación de sus actos: The Play is the thing, wherein I’ll catch conscience of the King (Hamlet, Act3, Scene 2). Finalmente, en el rol de actor que en ocasiones toma, se permite ocupar el lugar de la víctima, en un retorcido acto de psicomagia que si atendemos a las imágenes, le afecta sobremanera.

    En cuanto a la apariencia de este cine dentro del cine, más cercano al hiperrealismo que a la metaficción, adquiere especial relevancia la ocupación juvenil de A. Congo como cabecilla de un grupo de gangsters dedicado a la reventa de entradas de cine. En las recreaciones que dirige, el imaginario holliwodiense se manifiesta a través de un grotesco pastiche genérico que lo mismo reproduce los clichés del cine negro más clásico, que se resuelve en un western, un musical o una película bélica. Paradójicamente, estas secuencias elaboradas y con una mayor producción que se manifiesta en los vestuarios, escenarios o iluminación no resultan, ni de lejos, las más aterradoras. Por el contrario, los momentos en que Congo habla a cámara directamente, despojado de todo atrezo o escenografía, para rememorar los acontecimientos resultan, con creces, los más inquietantes y devastadores, poniendo de manifiesto el inmenso poder del acto de contar en su esencialidad más desnuda. Desnudez presente también en el relato marco de Oppenheimer, que prescinde de ahondar en el contexto social o histórico, lo que lejos de restar valor a la película, incide en lo universal de sus cuestionamientos.

    The Act of Killing es, en definitiva, una película de contenido y planteamiento tan subversivo que difícilmente dejará a nadie indiferente. De hecho, la controversia la a acompañado desde su aparición ¿Es apropiado dar la voz a los asesinos y contribuir en alguna medida a su humanización? La respuesta es bien sencilla; son humanos, como sus víctimas, como cualquiera de nosotros, y sólo aproximándonos a ellos como tales tendremos la oportunidad de desvelar sus motivaciones y mecanismos de actuación. Sólo mediante la conciencia del monstruo que albergamos mantendremos alejada la posibilidad de la pesadilla.

 

 

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